AMERICAN GODS, DE NEIL GAIMAN



—Cuando la gente vino a América nos trajeron con ellos. Me trajeron a mí y a Thor, a Anansi y al Dios León, a los leprechauns, a los Cluracans y a las Banshees, A Kureba y a la Madre Nieve, y a Ashtaroth, y también a vosotros. Llegamos aquí en su pensamiento y echamos raíces. Viajamos con los colonos a las nuevas tierras más allá del océano…



—Ahora, como todos vosotros habréis podido comprobar ya, están apareciendo nuevos dioses en América, que se aferran a nuevas formas de fe… 

Saben de nuestra existencia, y nos temen, y también nos odian… Nos destruirán si pueden. Ha llegado el momento de aunar nuestras fuerzas.

Ha llegado el momento de actuar.

Que sean estos párrafos de American Gods los que te inviten a comerte sus páginas. Si aún no lo tienes tan claro, te diré que esta novela ganó los premios Hugo, Nébula, Lokus y Bram Stoker. Y sí, es otra de esas emocionantes historias que han dado el salto a las series, gracias a la cadena Starz (aquí te dejo el enlace para que cheques el trailer). Pero bueno, estamos por y para la historia en papel, así que acompáñame…

Nunca sé por dónde empezar cuando leo una obra de la que hay tanto que contar. Comenzaré por hablarte de la edición que tengo: es la edición de bolsillo del X aniversario (2011), con la introducción del autor y, como dice el propio Gaiman: «unas doce mil palabras más larga que la que se llevó todos los galardones, y es la versión de la que me siento más orgulloso». Roca (la casa editorial de la edición en castellano), ha aprovechado el estreno de la serie y preparó una sobrecubierta muy chula. Vale mucho la pena, lo vale porque puedes conocer un poco más sobre las fuentes de inspiración, los motivos y el proceso creativo que dieron lugar a una de las historias mejor valoradas de los últimos años. Las anécdotas y reflexiones del autor, no tienen desperdicio.






Creo no equivocarme si afirmo que ya conoces a Neil Gaiman (Reino Unido, 1960). Bueno, no a él precisamente, pero sí algunas de sus obras. Puede ser que seas de los que afirme rotundamente que sí, que lo conoce, o que cree conocerlo. Si crees que no; ya verás que sí. 

Los fanáticos del los cómics saben que es el padre de The Sandman (Vertigo Comics), que su pluma fue la encargada de dar vida al guión de  Batman: ¿Qué le sucedió al cruzado de la capa? (DC Comics), y a un montón de novelas gráficas y cómics.

En el mundo de las novelas, las más conocidas —a demás de American Gods— son: Stardust (Roca Editorial), Coraline (Salamandra), Los Hijos de Anansi (Roca Editorial) y Buenos Presagios (Timunmas), en colaboración con el grandísimo Terry Pratchett. Las dos primeras fueron adaptadas al cine. A Stardust (Dir. Matthew Vaughn, 2007) creo que no le fue muy bien, pero Coraline (Dir. Henry Selick, 2009) sí que tuvo mucho éxito.

Los hijos de Anansi guarda relación directa con American Gods, en otras palabras: forma parte del mismo universo. Así que si después de esta novela, sigues con ganas de más, ya tienes una opción. Yo prometo una reseña más adelante.





LA HISTORIA

—Piensa que somos símbolos; somos el sueño que la humanidad creo para encontrarles un sentido a las sombras en las paredes de la caverna…

¿Recuerdan aquel maravilloso cuento de Oscar Wilde, titulado El fantasma de Canterville? Esa lucha entre unos americanos ‘enteradillos’, ’modernos’, ‘sabelotodos’, y un pobre fantasma inglés, caído en desgracia, incapaz de provocar un buen susto. Esa lucha de dos mundos, de dos visiones de la vida, de dos tiempos, de dos… me recuerda enormemente al argumento de American Gods. Aquí son los dioses viejos los que han caído en desgracia, en el olvido. Sobreviviendo entre los descendientes de sus antiguos devotos, adaptándose. Del otro lado, los nuevos y modernos dioses; creciendo, comiéndose el mundo. Ambos, viejos y modernos, conviven en una especie de guerra fría permanente.

Sombra, el protagonista, es un ex convicto sin nada que perder. Inteligente, con una enorme necesidad de encontrar su sitio tras un pasado errante, una viudez reciente y unos años de condena en prisión… ¡ah!  y también le gusta mucho, muchísimo, hacer trucos de magia con monedas.

Un buen día —o no tan bueno— conoce al señor Wednesday, su nuevo jefe, y a partir de ese momento su vida se convierte en un alucine. Sueños, premoniciones, carreteras secundarias que parecen llevarnos por otras dimensiones, personajes increíbles como el propio Wednesday o el sabio Nancy, y una guerra entre dioses que está a punto de estallar. Sombra vive entre la realidad y el delirio, y ésta es la historia de Sombra, de su viaje por el corazón espiritual de la tierra de las múltiples identidades, y también, y más allá de todo, es la historia de las ganas de un escritor inglés, las ganas de escribir «todas las cosas que me fascinan y obsesionan de Estados Unidos». 


Estados Unidos es un territorio cultural que se nos escapa a prácticamente todo el mundo, sobre todo a los que no vivimos en él. Hay una capa espiritual debajo de toda la chapa y pintura que nos venden los medios; una membrana de ritos, mitos y creencias, más antigua que los shows de los predicadores de Jesús, que son muchísimos. Están allí, en la memoria colectiva de los descendientes de aquellos inmigrantes que lo poblaron. Neil Gaiman fue capaz de verlo, fue capaz de mirar el mundo de posibilidades creativas que tenía delante. El resultado de esta obra fue, no solo que logró escribir sobre Norteamérica como un lugar mítico —algo que el autor se propuso desde el principio—; el resultado fue que logró convertir a Norteamérica en un lugar mítico.

Pocos aspectos flojos puedo resaltar de American Gods,  eso sí, creo que le sobran palabras,—supongo que algunas de esas doce mil que los editores decidieron eliminar en ediciones anteriores—. Algunos pasajes se hacen eternos, pero luego se ven compensados con otros más intensos,  que sirven para equilibrar la falta de ritmo de los primeros.

Te invito a descubrir una historia que parece una versión moderna de los mitos antiguos. Oráculos, adivinos, deidades… todo, todo ello en un contexto de carreteras, bares, atracciones de pueblo y pocilgas. Un verdadero viaje en el que parece que todos vamos tan a la deriva como Sombra. 

Los dioses están tan locos como siempre; te lo juro.

                                                                                                                             
                                                                                                                           Fotografías del libro: Iván Jerez.



TAXI, EL NUEVO LIBRO DE CARLOS ZANÓN (PRESENTACIÓN)



Hay grandes escritores que aburren a un muerto en una entrevista o presentación. Ser un autor consagrado y bueno, buenísimo, no está ligado a ser un gran orador. En el caso de Carlos Zanón (Barcelona, 1966) resulta todo lo contrario. No solo es un escritor como la copa de un pino, es uno  de los autores que mejor conecta con la audiencia. Es la segunda vez que tengo oportunidad de ‘verlo en directo’, y la experiencia siempre es grata. Si hubiera un premio al escritor con mejor sentido del humor, se lo lleva de calle, seguro.

Nos presentó Taxi, su libro más reciente; acompañado por Santiago Álvarez (escritor y director de contenidos del festival Valencia Negra). La cita fue en el FNAC San Agustín (Valencia).




Taxi es la historia de un Ulises contemporáneo, nos cuenta el autor. Sandino, el protagonista, es un personaje «que sabe de la vida a través de las repeticiones de la vida». Un «cobarde- valiente» que huye de la gran conversación que definirá el rumbo de su vida en pareja, pero no huye de otras cosas que desde fuera pueden parecer extremas. Y sobre todo, y aunque parezca que a veces lo desea, no huye de todo lo que existe dentro de su cabeza.

Los lectores nos subimos a la mente de Sandino como pasajeros y aunque a veces no entendamos ciertas desiciones o motivaciones, podemos llegar a sentirnos identificados con él en muchos aspectos, y no en aspectos que seamos capaces de expresar en público o entender como ‘positivos’, lo confieso.

Si Sandino brilla por su complejidad, los secundarios que lo acompañan, poseen un encanto igual de particular. Parecen de carne y hueso. Zanón tiene una capacidad enorme para crear personajes potentes, y ese es uno de los rasgos que hace a Taxi tan especial.

Barcelona es un personaje más dentro de esta historia. Es un ser vivo que Sandino, sus pasajeros, amigos y enemigos, recorren como una surte de sangre que fluye por las arterias de este gran ser. Pero es la Barcelona que se queda cuando los turistas hacemos las maletas y volvemos a casa. Es una cuidad que respira bajo la piel. Mirarla a través de la ventana de Taxi vale mucho la pena.




Sobre la estructura de la novela, el autor nos cuenta que quiso hacer un libro que se narrara en círculos. Y lo consigue. Este taxi nos lleva en todas las direcciones posibles. A veces hacia el pasado, hacia los recuerdos de un personaje que evoca momentos trascendentales en su vida, momentos que contribuyeron a formar su carácter y pensamientos. Otras veces nos detenemos y pasamos un buen rato dentro de su cabeza, reflexionando, sintiendo con él. Y luego, parece que avanzamos, que los días se suceden, y nos aclaran —o no— ciertos detalles. Pocas veces tendremos la certeza de saber hacia dónde nos dirigimos, pero así es la vida, como este libro: idas y venidas de nuestros miedos, recuerdos, deseos y circunstancias.

Y la música. Este libro canta y toca por todos sus poros. No soy de las personas que tienen la capacidad de escuchar música mientras leen, pero si a ti se te da bien el ejercicio, tienes historia con soundtrack incluido. Amantes de The Clash, van a flipar en colores con Taxi.

 Para Santiago Álvarez, esta obra «se salta todas las estructuras tradicionales de la novela negra». A Taxi no le falta macarrismo ni misterio, pero desde el primer momento sabes que es más que todo eso; que es una novela distinta y auténtica. Creo que por esta razón, Álvarez considera esta obra como «el mejor trabajo de Zanón hasta la fecha». 

Sobre la literatura, el autor —y nuevo comisario del festival BCNegra— concibe a la escritura como una vocación, y nos deja tres consejos: insistir, mejorar y leer a gente buena. Y algo más sobre el papel de la narrativa: hablar de los otros para hablar de nosotros. 


¿Te subes a Taxi? 

Fotografía del libro: Iván Jerez.

MARGARET ATWOOD Y ALIAS GRACE


La escritora Margaret Atwood (Canadá, 1939), ya resulta familiar a los lectores de medio mundo. El cuento de la criada (The Handmaid's Tale), su obra más importante hasta la fecha, ostenta el título de ser una de las más premiadas, valoradas, y cómo no, fotografiadas y subidas a Instagram. 

La serie The Handmaid’s Tale, producida por la cadena Hulu, y adaptación del libro, arrasó en la pasada entrega de los premios Emmy. Pero Atwood no es una autora novata con un golpe de suerte, no. Estamos hablando de una de las escritoras más consagradas de la literatura mundial. Está de moda, es verdad, y no se puede negar lo evidente; pero en el mundo de las letras, siempre ha estado presente, y lleva años demostrando que su narrativa es auténtica, de calidad y capaz de llegarnos a todos. 

Su obra abarca poesía, critica literaria y desde luego, narrativa. Aunque sonó para el Nobel este año, desgraciadamente no fue elegida. No tengo nada en contra  de Kazuo Ishiguro, de verdad, pero me habría encantado ver el premio en manos de Atwood. El Nobel aún se le resiste, y espero que sea por poco tiempo. Los que sí se ha llevado a casa: el Arthur C. Clarke (1987), el Booker (2000), el Príncipe de Asturias de las Letras (2008) y este año le otorgaron el Franz Kafka

Comprometida hasta los huesos con el arte, con la lucha por los derechos de la mujer, la libertad de expresión y los grandes problemas medioambientales, Atwood no ha tenido miedo jamás de levantar la voz y decir lo que piensa. Sus obras se impregnan de ese espíritu luchador y crítico con la realidad. 

Canadá es otro de los temas recurrentes en su obra. A la autora le interesa e inspira la historia de su país, el legado cultural de los canadienses y su proyección en el mundo.


"La escritura de obras de ficción es un arte del tiempo: a través de ella los acontecimientos se suceden, se ponen en marcha cambios; en otras palabras, la ficción cuenta historias. Y, a través de esas historias, nos conocemos a nosotros mismos y a los demás. Un país sin historias sería un país sin espejo: no proyectaría ningún reflejo, y ello llevaría, en el mejor de los casos, a una existencia fantasmal, sombría. «¿Quién soy?», se preguntarían los ciudadanos. Y no habría respuesta. Un país así tampoco tendría corazón, pues la escritura es un arte de las emociones. En una era de especialización, sólo el arte puede mostrarnos la totalidad del ser humano en sus muchas variantes.

Todo, en nuestras sociedades, se ve influido no sólo por la tierra que nos sustenta, sino por el mundo imaginativo que construimos, y en el que habitamos. Incluso nuestras instituciones aparentemente más sólidas se sostienen en las ideas que tenemos de ellas, en nuestra fe en su existencia. Los bancos se desmoronan cuando perdemos la confianza en ellos, tal como se ha visto recientemente. Y lo mismo sucede con las naciones. La función del arte, en cierto modo, consiste en imaginar lo real y, al hacerlo, dotarlo de ser".

Estos párrafos forman parte del discurso de agradecimiento que dio en la ceremonia de entrega del Premio Príncipe de Asturias de las Letras, en el 2008. Son mentes brillantes, como las de Atwood, las que  dan forma a las respuestas que se nos quedan atrapadas en los labios cuando alguien nos pregunta ¿por qué te gusta tanto la literatura? 





Las obras de Margaret Atwood te tocan. Dudo que algún día pierdan su universalidad, y creo que siempre será importante, y un placer, volver a ellas. El cuento de la criada, es uno de mis libros favoritos, y el que me llevó a seguir explorando su obra. Así fue como caí en el mundo de Alias Grace.

"En 1843, y a la edad de 16 años, Grace Marks se hizo famosa en Canadá al verse involucrada en el asesinato de Thomas Kinnear, a cuyo servicio trabajaba como criada, y del ama de llaves y amante de este, Nancy Montgomery. James McDermott, el mozo de cuadra de Kinnear y autor del crimen, fue condenado a muerte; pero a la joven se le conmuto la pena capital por la de cadena perpetua. Grace, siguiendo el consejo de su abogado, interpretó el papel de adolescente desorientada y, puesto que alegó haberse desmayado en diversas ocasiones mientras se perpetraban los crímenes, no pudo dar una versión clara del desarrollo de los acontecimientos y de su participación en ellos. Dieciséis años mas tarde, el joven médico estadounidense Simon Jordan intenta rescatar de la adormecida memoria de la reclusa las escenas reales que acompañaron al violento suceso, basándose para ello en las nuevas técnicas aprendidas en sus viajes por Europa".


Alias Grace se construye a través de la voz de Grace Marks, de los pasos de Simón Jordan —al que seguiremos de la mano de un narrador omnisciente—, y diversas cartas, artículos periodísticos, fragmentos de poemas y frases, que sirven como introducción a cada capítulo. Son las voces que componen el relato.

“Como es natural, he novelado los acontecimientos históricos… No he modificado ningún hecho conocido, si bien los relatos escritos son tan contradictorios que los hechos inequívocamente «ciertos» son muy escasos…” (Margaret Atwood, Alias Grace)

Grace Marks existió. Los asesinatos sacudieron a la opinión pública durante casi toda la segunda mitad del siglo XIX, generando opiniones diversas sobre los motivos para cometer el crimen, el juicio y la condena. Atwood ve en este hecho una oportunidad, y crea una novela que nos hace cuestionar absolutamente cada detalle. 


El siglo XIX fue una época determinante en la historia canadiense,  aunque creo que a nivel mundial, la lucha entre tradición y progreso, se convirtió en una constante sin límites definidos. Poco tiempo había pasado desde la Rebelión del Bajo Canadá, sobre la que leeremos pequeños detalles durante toda la novela. Su recuerdo se mantiene bajo distintas perspectivas, aunque es Mary Whitney la que alza más la voz al respecto. 

Grace es una inmigrante irlandesa, lo cual tiene un peso ideológico a la hora de ser juzgada. No solo es pobre e inmigrante en una tierra dividida entre el nacionalismo canadiense y los tories, también es una mujer. 

Las mujeres, uno de los temas centrales en la obra de Atwood. Cómo se enfrenta y sobrevive una mujer pobre al siglo XIX. A pesar de los cambios, de los avances médicos, del valor que se le da a los expertos en campos como la medicina o la justicia; el peso de la tradición se deja sentir  con fuerza. Los prejuicios y la religión: dos factores a tener en cuenta en esas sociedades a medio camino entre la vida rural y la industrialización.  

Atwood saca toda la artillería pesada, y aunque sé que la metáfora de las matrioskas en literatura está ya un poco trillada, viene como anillo al dedo para describir la forma en la que la autora estructura la novela. Grace Marks nos cuenta la historia de su vida, y en los detalles del relato vislumbramos aspectos de su personalidad. Sin embargo, esta cadena de descubrimientos dan pie a nuevos misterios. Creemos llegar al fondo y resulta que solo hemos logrado desvelar una capa dentro de la profundidad del personaje. La gracia, y lo brillante en esta novela es que, aunque lo parezca, nada se queda en el terreno de lo ambiguo. Todas las voces que intervienen en la historia nos ayudan a construir a una Grace Marks cada vez más interesante.

Grace es un personaje brutal. No solo porque es inteligente a rabiar y compleja hasta decir basta, lo es, sobre todo, porque es capaz de llevarnos por donde quiere. A veces me hacía sentir como un juguete de trapo en el hocico de un perro juguetón. El abogado defensor de Grace la define  como 'una Sherezade'. No estoy de acuerdo en el contexto general de todo aquello que rodea a la definición, pero lo de Sherezade le va que ni pintado. 

Por el camino de la narración, experimentaremos las vergüenzas de la tradición y los prejuicios. Para toda la sociedad, Grace es un objeto, una pieza de exhibición dentro de un contexto en la que la mujer sigue considerándose como una pieza decorativa más, la eterna desconocida. ‘Hija de Eva’, causante de todos los males de esta tierra.

La duda constante es el combustible de la novela, pero durante la travesía vas a experimentar todo tipo de emociones. No es una historia de buenos y malos; son personajes vivos, como si tuvieran carne.  Siempre a medio camino entre el conocimiento y la ignorancia, entre el vicio y la virtud. Grace vive en los grises, por eso no encaja en el blanco y negro de la mentalidad del resto.

Antes de leer Alias Grace, no sabía qué demonios era un quilt. El quilt es una colcha artesanal que se confecciona a partir de retales, lo que también se conoce como patchwork. La imagen de Grace y Jordan en el cuarto de costura, no solo es una imagen bonita, también es simbólica. Porque la novela está llena de símbolos. Es una delicia descubrirlos a través de los diseños de las colchas, de las letras, de los ambientes y las cosas. Alias Grace es como un quilt. Los capítulos son retales, trozos de tela, de pensamientos, de momentos que uniremos lentamente, hasta formar su figura.

Atwood no deja nada al azar, ningún aspecto escapa a su control. Todo tiene un cómo y un porqué. En ello radica su genialidad.

Si tuviera que elegir una frase que describiera la esencia de Alias Grace, me quedaría con la siguiente:

“Pero por debajo, siento otra cosa, una sensación de estar completamente despierta y vigilante. Es como despertarte de repente en mitad de la noche sintiendo una mano sobre la cara e incorporarte con el corazón desbocado y ver que no hay nadie. Y por debajo de eso se percibe otra sensación, la sensación de que te desgarran para abrirte; pero no como un cuerpo  de carne, no duele tanto como eso, sino como un melocotón; y ni siquiera un melocotón desgarrado, sino como un melocotón demasiado maduro que se hubiera abierto espontáneamente. Y dentro de ese melocotón hay una piedra”.

Los convencionalismos morales, la represión y la búsqueda de vías de escape; los albores de las ciencias de la mente, intentando desentrañar siglos de superstición y prejuicio; la histeria, ese mal considerado como ‘femenino’; el sonambulismo; la pérdida aparente de la memoria: todo encaja a la perfección con el momento histórico en el que se desarrolla la novela. 

El gran acierto de la narrativa de Atwood es que, aunque sus historias nos dejen con más preguntas que respuestas, fluyen ante nuestros ojos con buen ritmo. En ello reside el talento de esta escritora, en no cerrar la puerta a ninguna posibilidad creativa. 

Alias Grace siempre estará allí, esperando que te atrevas y te tires al pozo emocional de cada uno de sus personajes. Tal vez descubras que, en algunos aspectos, aquellos seres del Canadá del siglo XIX, y nosotros, no somos tan distintos. 




ALIAS GRACE: LA SERIE

La directora Sarah Polley (Canadá, 1979), fue la encargada de dar vida a la miniserie canadiense, eso sí, bajo la supervisión de la mismísima Atwood. Se estreno en Netflix este viernes, generando mucha curiosidad entre los seguidores de la obra de Atwood. Todo un reto tirarse a la piscina con una nueva adaptación, sobre todo después del exitazo —y supongo que del presupuesto— de su hermana The Handmaid's Tale. Pero ni Polley ni la producción, el elenco, o la propia escritora, se achantaron.

La serie cumple. Una adaptación impecable, que cuida e intenta en todo momento respetar y honrar el espíritu del libro. Sarah Gordon (Grace Marks) hace un trabajo impresionante, y el elenco al completo responde con todo. Cabe destacar la participación de David Cronenberg (Canadá, 1943) y Anna Paquin (Canadá, 1982).  

No decepciona ni baja la guardia. Los momentos importantes, la carga emocional de los acontecimientos, todo está allí. Seis capítulos: más que suficientes para contarnos la historia. Como regalo, Atwood hace un ‘Stan Lee’, y lo hace la mar de bien.

En las adaptaciones alguien perderá, es así. Le tocó al doctor Simon Jordan. En la serie, su importancia pasa a un segundo plano, pero es comprensible, y lo hacen de la manera más respetuosa posible. Hacia la recta final, retoman un poco el tema de la correspondencia. Gran acierto, pues forma parte de la estructura de la novela.

Recomiendo ver la serie, casi tanto, como recomiendo leer Alias Grace


Debo confesar que ha sido una de las entradas más difíciles de escribir. Intentar recuperar los trocitos de emociones, de información, de sensaciones de un libro..., sobre todo cuando se trata de una escritora tan importante, de la que últimamente se habla tanto, y de la que hay tanto que decir. 

Estoy segura de haberme dejado un montón de cosas en el aire; espacios en blanco en los que hay lugar para seguir hablando de esta gran creadora de historias. Tengo el consuelo de que ese espacio se llenará con las palabras de los nuevos lectores de Margaret Atwood, y serán ellos los que aprecien y pongan voz a todas aquellas cosas, millones de cosas, que yo he pasado por alto. 

CUENTOS PARA NO DORMIR



No sé que fiesta celebres tú en estas fechas: ¿Halloween? ¿Día de Muertos? ¿Día de Todos los Santos? ¿Samhain?  No importa, siempre apetece leer una buena historia de terror que nos ponga a tono en estos días.

En esta ocasión, y como seguro que, entre disfraces, fiestas y rock n’ roll, tendrás poco tiempo para estar en casa y sumergirte en un ladrillo de páginas, te traigo una lista de cuentos muy efectiva. Historias hechas para pasar miedo, para desconcertar y cuestionar la realidad. Historias para no dormir…

¡Felices fiestas! Y buenas lecturas.



EL ENTIERRO DE LAS RATAS. Bram Stoker

Es el gran Bram Stoker (Irlanda, 1847- 1912), así que ya tienes el cincuenta por ciento del camino recorrido a la hora de elegir. El entierro de las ratas, no es una historia de terror al uso, no hay fantasmas ni vampiros (aunque se trate del padre de Drácula), pero eso sí, da mucho repelús. 

En el año de 1850, un joven inglés, haciendo turismo por París, decide visitar y explorar un vertedero al que llama Ciudad de la Basura. Pasearse por los bajos fondos, nunca saldrá bien, eso lo sabemos todos. Pero la curiosidad siempre atrae peligro, y ¿qué sería de los lectores sin personajes curiosos y arriesgados? El joven protagonista pasa unos momentos terribles. Stoker no se lo pone nada fácil: nuestro chico tendrá que sobrevivir en aquel horror de basura, oscuridad, podredumbre y ratas. 

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BERENICE. Edgar Allan Poe

Una noche de cuentos para no dormir, sin Edgar Allan Poe (Estados Unidos, 1809- 1849), es como que tu mejor amiga (o amigo) te baje el novio: ¡no tiene ni puñetera gracia! Así que Berenice es una excelente opción para pasarlo mal. 

Egaus vive en una mansión antigua, con torres, biblioteca, cuadros viejos, y todo aquello que hace que el ambiente sea propicio para la tragedia. Pero hay algo más, Egaus está enfermo de un mal que hace que se vuelva el más friki de los frikis si centra su atención en algo en concreto. En la mansión también vive Berenice, prima y prometida de nuestro protagonista. También está enferma, padece ataques de epilepsia que van mermando su salud y belleza. Dos personajes así, metidos en una casa como aquella… nada puede salir bien.

Esta historia trasciende a su tiempo y a la atmósfera gótica que la rodea, porque el miedo a la locura, a perder la cabeza, es uno de los miedos más arraigados y profundos. No queremos ni imaginar lo que seríamos capaces de hacer si no tuviéramos el control sobre nosotros mismos. Mientras la mente humana siga siendo esa gran incógnita, Berenice no dejará de impactarnos.

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ACEITE DE PERRO. Ambrose Bierce

Ambrose Bierce (Estados Unidos, 1842- 1914) es un maestro del cuento. En pocas, muy pocas palabras, es capaz de meterte de lleno en un mundo increíblemente construido. Y sus mundos no son sencillos, no. En las breves líneas de Aceite de perro, hay demasiado para dejarte pasmado. La historia no le pide nada a esas  novelas monumentales que llenan los escaparates de las librerías durante la temporada alta. 

Este cuento es retorcido, desconcertante. Un pueblo rural de lo que denominan ‘la América profunda’, puede llegar a ser tan espeluznante como un castillo infestado de vampiros en  la Europa del Este. Si no me creen, acuérdense de La Masacre de Texas (Dir. Tobe Hooper, 1974). 

Bierce saca el arsenal de buen hacedor de cuentos y nos regala una historia muy loca, redonda y más  compleja de lo que pueda llegar a parecer. 

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LA NARIZ, Nicolái Gógol

Imagina que despiertas una mañana y tu nariz ha desaparecido. En su lugar sólo tienes una superficie de piel lisa que debes cubrir mientras intentas resolver el misterio… 

La nariz, de Nicolái Gógol (Ucrania, 1809- 1852), no es un cuento de terror como tal, pero quise que tuviera un lugar en esta lista porque posee un componente sobrenatural que desconcierta bastante. 

Cada época tiene sus monstruos, su terrores, pero hay miedos eternos, miedos que van más allá de nuestras creencias o formas de entender la vida. No creo que nadie quiera verse en la situación de La nariz.

A pesar de ser una historia con toques de humor —se han hecho versiones ilustradas y dirigidas al público infantil—, no puedo evitar que esta historia me provoque escalofríos. Me sucede también con La metamorfosis (Franz Kafka). Despertar y descubrir que nada es como lo dejaste la noche anterior… Soy incapaz de desprenderme de esa sensación de angustia. Por eso me gustan estas historias, porque nos enfrentan a situaciones que nos sacan de la zona de confort, porque nos descolocan. Dan directamente en la diana de los miedos más arraigados, más profundos, esos que arrastramos desde niños.

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Nuestros miedos han cambiado, eso es evidente. Hoy en día, nos asustan más los fenómenos climatológicos que las momias. Nos asustan mucho las posibilidades que alberga el espacio exterior, las enfermedades víricas, los rincones oscuros de la mente. La tecnología se ha convertido en el centro de muchos de los miedos que desarrollaremos en el futuro. Vemos un capítulo de Black Mirror (Netflix) y nos sudan las manos, nos va más rápido el corazón. 

Enfermedades que fabrican zombies; vampiros que hace tiempo dejaron de esconderse en el castillo. Los robots son los nuevos monstruos de Frankenstein… ¡Cómo hemos cambiado! Pero seguimos teniendo miedo. Nuestros cuerpos experimentan los mismos procesos y reacciones ante los sustos, que los de nuestros antepasados. 

Nos aterra y atrae a partes iguales todo lo relacionado con el miedo. Por eso, y mientras exista algo que te haga pasar un mal rato, tendremos buenas historias para no dormir.

Así que, no olvides mirar debajo tu cama esta noche… solo por si acaso. 


Dulces sueños.

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