DÍAS NUBLADOS



A la memoria de mi amigo José Luis…

Hace unos días la tierra volvió a sacudir mi país de origen, México. No estuve allí, no estoy allí ahora. No puedo hablar del terror y la incertidumbre a la que se han enfrentado los míos y el resto de la población durante todos estos días. Yo estaba acá, en España. Ya era de noche, e iba llegando a casa. Mi móvil andaba dando problemas, logré que funcionará casi en el momento exacto del terremoto. Lo primero que supe fue a través de los mensajes de whatsapp del grupo de mis amigas mexicanas en Valencia —mis Comadrejas—. Aún seguíamos con el miedo en el cuerpo por el terremoto anterior, y ahora esto. Le envié un mensaje a mi hermano, mientras intentaba marcar con el teléfono fijo a casa de mis padres. Mi hermano respondió pronto: «Hola, todos bien, ya estoy con ellos». No puedo describir a qué me supieron esas palabras, creo que las personas que viven lejos de la familia carnal, saben de lo que hablo. Es lo único que necesitas saber, «todos bien», para que el suelo que hay en tu cabeza deje de moverse. No pude hablar con mis padres hasta el día siguiente… Ni yo, y creo que ningún mexicano en cualquier rincón del planeta fue capaz de dormir aquella noche.

Lo que siguió, lo que he visto por internet y televisión los días siguientes… no voy a describir las emociones, la tristeza, porque no tengo palabras, solo puedo decir que es algo que no deseo que le pase a nadie, nunca. 

A pesar del sol de Valencia, de los días calurosos y brillantes, hay encima de mí una nube… Llegó la culpa. No estuve allí. No estuve para mi familia, para mis amigos, no estuve allí para mi ciudad. No estuve para consolar a nadie, no estuve para ayudar. Durante días sentí mis manos muertas. Solo tengo las palabras que ahora les entrego para compartirles cómo es esto desde fuera. También porque necesito agradecer a todos aquellos que, a pesar de lo que estaban pasando, de lo que estaban viviendo (y siguen pasando, y siguen viviendo), tuvieron la amabilidad, el enorme detalle de hablar conmigo para informarme sobre mi familia, sobre mi barrio, mi ciudad. Necesito agradecer a muchas personas, perdónenme si aún no lo he hecho.

Pero, sobre todo, necesito darte las gracias a ti, José Luis. 

En estos días nublados, una sucesión de recuerdos reconfortan mi corazón roto. Estás en todos ellos, y son mi gran tesoro. Siempre nos acompañamos, siempre nos expresamos el cariño mutuo, siempre estuviste conmigo. En estos día nublados, me reconforta recordar ese corazón tuyo tan grande, esa lealtad de roble. Me reconforta recordar la emoción con la que vivías tus pasiones. Sabías ser feliz, nunca tuviste miedo de la felicidad, luchabas por ella con uñas y dientes. En estos días nublados, es tu luz la que me reconforta.

Gracias, amigo, por dejarme tantos recuerdos tan bonitos. Estas nubes pasaran, lo sé. La vida continúa, pero ya no será de la misma manera. Algo se ha movido dentro de todos nosotros, algo que nos ha cambiado, pero seguiremos recorriendo el caminito mientras nos sostengan las piernas. Allí estará la sonrisa de Rita para iluminarnos. Te voy a extrañar muchísimo, pero sé que aquí estarán los recuerdos, para sentirte cerca; hasta que el tiempo quiera y nos volvamos a ver.

Nunca olvidaré el día que nos conocimos, las pláticas infinitas, tu café con esencia de avellanas o chocolate, los bagels. Nunca olvidaré tu emoción ante la música, el cine, ante las cosas de la vida que te hacían sonreír. No olvidaré verte enamorado de Yanet, tu cara iluminada cuando la conociste y supiste que era ella la mujer que estabas esperando. No olvidaré la tarde de tacos, después de tanto tiempo, esa sería la última vez que nos veríamos, aunque, y a pesar de la distancia, siempre estuviste cerca. Tengo en mi salón de casa, la almohada de Bela Lugosi que me regalaste; en mi corazón tengo tus consejos y las palabras de aliento ante mis múltiples caídas. No olvidaré el día que me dijiste que estabas embarazado. No olvidaré el día que supe que Rita había llegado al mundo, ni olvidaré tu lucha diaria y la fuerza con la que enfrentabas la adversidad. Eras buen marido, buen padre, buen hijo y amigo. Eras pura bondad, José Luis.

Esto nos has dejado y con todo esto nos quedamos los que tuvimos el honor de conocerte y formar parte de tu vida. Gracias por iluminarnos, gracias por caminar junto a nosotros.

Estos días nublados, algo profundo se ha movido dentro de  nosotros. Depende de todos volver más fuertes y amorosos cuando el cielo se despeje.

Gracias, amigo, gracias por todo. 


CHRISTOPHER PRIEST, EL ESCRITOR QUE SIEMPRE RECOMIENDO A TODO EL MUNDO



Pero nadie me hace caso. 

Tal vez se deba a que su nombre no aparece en las listas de best sellers de los últimos quince años, o quizás a que su obra está desperdigada por un montón de editoriales. Y bueno, algunos libros de Priest no han llegado ni a la traducción. Mi deseo: una reedición integral de su obra al castellano, mejorar las traducciones anteriores, y un diseño de cubierta a la altura; que invite a las nuevas generaciones a meter la cabeza en sus alucinantes historias. Y ya que de pedir se trata: una colección, Christopher Priest: the very best... No estaría nada mal.

Otra de las razones por las que algunos amigos no me hacen caso, es porque el género de la ciencia ficción atraviesa un momento boyante. ¡Hay tanto que leer! Lo sé. Solo pido un voto de confianza: echarle un vistazo y darle una oportunidad.

En el mundo anglosajón, Christopher Priest no es para nada un desconocido. Nació en Manchester, en 1943, y gracias a su talento, oficio e imaginación, ha logrado colocarse dentro de la crema y nata del género. Más premiado que la selección brasileña de futbol, o casi, lo ha ganado todo: el World Fantasy Award for Best Novel, por su obra más importante: El prestigio (premio que solo ganan escritores de la talla de Stephen King, Michael Moorkock, George R. R. Martin, Dan Simmons, Anne Rice, Orson Scott Card…). También ganó el  Arthur C. Clarke Award, compartiendo galardón con astros de las letras: Margaret Atwood, Amitav Ghosh,China Miéville… y ha quedado finalista del Hugo por lo menos un par de veces. Ha Coqueteado con el mundo de la televisión, incluso estuvo involucrado en guiones para Doctor Who (aunque no salió muy bien parado de la experiencia). Tampoco le ha hecho ascos al cine: su trabajo más sobresaliente fue el guión de eXistenZ (1999), dirigida por David Cronenberg; y su libro El prestigio, fue llevado a la pantalla grande por Christopher Nolan.

Actualmente puedes leer sus artículos en el periódico The Guardian, como responsable de los obituarios a los fallecidos en el mundo literario. También puedes seguirlo en su página web; siempre tiene algo interesante que contarnos.




Fan de hueso colorado de G.H. Wells y de los viajes en el tiempo. Su novela La maquina espacial, es un claro tributo a su ídolo. Los fans del steampunk no se sentirán decepcionados con la historia de este viaje loco; entre ambientes victorianos, naves y artilugios en sintonía con el estilo. Diversión asegurada. 

Siguiendo con la fascinación de Priest por los viajes en el tiempo, vale la pena leer su libro de cuentos: Un verano infinito. Destaco, por en encima del cuento que da título al libro, y a tenor de que algún fan de Priest me queme en la plaza pública; el cuento Vagabundeos pálidos. Parques con canales magnéticos y puentes que te llevan al ayer, al hoy y al mañana…

¿A que ya te está picando el gusanillo con esto de darle una oportunidad a Christopher Priest? 

A ver si logro convencerte…


El libro de Priest que siempre recomiendo: UN MUNDO INVERTIDO



Aunque El prestigio es su obra más representativa, y merece su propia entrada en el blog (prometo que así será más adelante); considero que Un mundo invertido es su gran obra, la más redonda, la esencia de todo lo que Priest representa y aporta dentro del género de la ciencia ficción. No recuerdo ni cómo llegó a mis manos, pero después de leerlo, me tiré varías semanas pegada a  todos los libros que fui capaz de conseguir.  

Hay obras que se fijan en el cerebro como si tuvieran garras. Cuando te vienen a la cabeza imágenes y momentos importantes de esas historias tan buenas, te cambia el semblante, se te pone la piel de gallina, y te preguntas: ¿cómo se le pudo ocurrir algo así? Eso me pasa con este libro. Hace unas semanas volví a leerlo, tenía muchas ganas de revivir la experiencia, y debo decir que no han dejado de sorprenderme la cantidad de detalles que hacen que esta historia emocione y asombre de verdad. 

Un mundo invertido es la historia de un hombre joven, Helward Mann, aprendiz de gremialista de primera clase, que vive en un lugar llamado Tierra. Tierra tiene una particularidad: es una ciudad que se desplaza sobre rieles —sí, un rollo al estilo de El castillo vagabundo (Hayao Miyazaki)—. Siempre hacia delante, intentando mantenerse cerca del Óptimo (la posición ideal que debe alcanzar la ciudad). Pero mover la ciudad, no es tarea sencilla; está llena de misterios, secretos y preguntas, a las que nuestro aprendiz se irá enfrentando a lo largo de toda la novela. 

Priest construye un mundo, y ¡qué mundo!, pero no te satura de información ni de detalles superfluos; error recurrente en muchos de los autores de ciencia ficción de su generación. Se clavaban tanto en construir mundos complejos; en describir y describir —hasta la composición química del metal de la pulga robot, del perro del personaje que pasaba por allí—, que se olvidaban de la acción, de los personajes, del alma de la historia.  Que Priest no se detenga capítulos enteros en esos detalles no hace que la imagen de su mundo carezca de poder. Para él, lo más importante es mantener el misterio; que el lector se agarre de la mano a Helward Mann y lo acompañe en el viaje; que crea con él, que dude con él.  

El juego entre la realidad aparente y la verdad, es alucinante. Alguna vez leí por allí que, Un mundo invertido está en la línea de los trabajos de Philip K. Dick, no en la forma, pero sí en el fondo. Y no le falta razón. A los dos les gusta jugar con nuestra percepción; a los dos les gusta hacernos dudar de lo que nuestros sentidos registran. Los dos son tan puñeteros, y tan fascinantes, que, cuando terminas sus libros y levantas la cara hacia la realidad, te preguntas: ¿Todo esto es verdad? Y no hay historia más valiosa, creo yo, que la que te deja con más interrogantes que certezas.

Otro tema importante, no solo en Un mundo invertido, sino en gran parte de la obra de Priest, son las dudas sobre el futuro incierto hacia el que se encamina la humanidad, y los choques culturales que sobrevendrán con los cambios. La novela, escrita en 1973, no escapa a los problemas que preocupaban a su generación: el cambio de paradigmas y la incertidumbre generada por los grandes acontecimientos políticos y económicos que marcaron la segunda mitad del siglo XX; caldo de cultivo de gurús religiosos y políticos que dijeron ser dueños de la verdad y la salvación. No es por alarmar, pero todo esto me sigue sonando a tiempo presente.

Un mundo invertido comparte con otros trabajos del autor —La afirmación o Sueño programado, por ejemplo—, aquella máxima popular de  “no todo es lo que parece”. No hay placer más delicioso que dejarse engañar por una historia y terminar con cara de sorpresa. Y aunque Priest , a veces, da algún  giro dramático a sus historias —esos tan populares  hoy en día—; la mayor sorpresa no se queda en eso, en un recurso narrativo. En la novela, la conclusión es clara, pero la revelación es más profunda:  radica en lo que no revela, en el poso que deja la historia en tu imaginación. 

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Como colofón, y volviendo al autor, debo advertir que  (parece argumento de una de sus novelas. Me recordó vagamente a los hermanos de su libro El último día de la guerra, o al protagonista de La afirmación), no debes confundir a este Christopher Priest, con el otro Christopher Priest, que también es escritor. El segundo Priest —casi tan famoso como el primero—, es una autoridad dentro del mundo de los comics, pero no es "el sacerdote" que nos ocupa en este momento. Tal vez otro día…


Ahora te toca ti, estimado lector. Recomiéndame historias que te hayan despertado dudas sobre la realidad, sobre lo que te dicen los sentidos. Estaré encantada de leerlas y compartir impresiones contigo.

*Fotografía de Christopher Priest: https://christopher-priest.co.uk

DE FIESTA CON LOS ROMANOV





A los amantes de la literatura, a esos, a los de hueso colorado, nos ha tocado alguna vez hacer parada en Rusia. Puedo jurar que algún autor ruso ha llamado a tu puerta. Es más, puede que, entre todos y todos los autores que has leído, un ruso ocupe un sitio privilegiado en tu top personal (llámese Dostoyevski, Tolstoi, Chejov, Gorki…). No hay letraterrestre que no haya paseado por Moscú, San Petersburgo o Novgorod, porque Rusia siempre ha tenido mucho que contar. 

Y no solo los autores rusos (clásicos y contemporáneos) han escrito sobre sus  vidas, historia y cultura; escritores de medio mundo también caen rendidos bajo el influjo de este vastísimo territorio. Nadie puede resistirse a una tierra llena de personajes y acontecimientos que han cambiado el mundo. 

Pensar en la historia de Rusia, sin que se nos venga a la cabeza personajes como Pedro El Grande, Catalina La Grande, Nicolás II —el último zar—, y personas a su alrededor, igual de interesantes, como Potemkin o Rasputín; es como comprar un cono de helado en verano y que se te caiga cuando estás a punto de zampártelo. No se puede entender que pasen estas cosas, ¿verdad? 

Estos son los Romanov, la dinastía gobernante de Rusia durante poquito más de trescientos años. Desde que aquel jovencísimo Miguel I fuera casi obligado a ocupar el trono, los Romanov ya no lo soltarían. Cada uno tomó las riendas de su nación con mayor o menor acierto, pero sin dejar indiferente a nadie, y menos a la historia, y mucho menos a la literatura, que no ha dejado de beber de las fuentes de las vidas de todos y cada uno de los zares que ostentaron el apellido.


Mi fiesta con los Romanov

Letraterrestres se va a apuntar a muchas fiestas de monarcas y sus cortes, porque la literatura está llena de ellas, y muchas son muy buenas y vale la pena dedicarles un espacio. Quería que los Romanov inauguraran estas celebraciones porque, hay tanto, tanto que contar…

Curiosamente, ninguno de los libros que mencionaré en esta entrada, han sido escritos por autores rusos; son autores extranjeros los que ocupan un lugar aquí y es por la sencilla razón de convencerte, estimado lector, de hasta dónde llega la fascinación por esta dinastía.




Para tirarte de cabeza, y sin arnés, en la historia de Rusia. A través de dos troncos familiares que se van llenando de ramas durante toda la historia, esta novela te mete hasta el fondo en los grandes acontecimientos de la historia de Rusia. Su andar comienza en el 180 d. de C, y concluye en el siglo XX, en 1990, para ser exactos. 

E. Rutherfurd, es un autor inglés que no le tiene miedo a escribir obras monumentales sobre países y ciudades. Sarum: la novela de Inglaterra; Los príncipes de Irlanda: La Saga de Dublín; Los rebeldes de Irlanda: La Saga de Dublín; Nueva York; París y Rusia, son la muestra de que lo suyo es una buena y efectiva mezcla de realidad y ficción, en un marco donde la ciudad o el país son el personaje principal. En Rusia, el autor nos cuenta que decidió escribir esta novela para acercarnos a la historia y geografía de lo que él denomina “el país dormido”. Guerras, poder, intriga, rebelión… Rusia, de Rutherfurd, tiene todo lo necesario para armar una buena fiesta en la imaginación de los lectores. Debo confesar que, gracias a este libro, y a los capítulos dedicados a los periodos de la dinastía Romanov, me entró el gusanillo de conocer más sobre todos ellos, pero, en especial, de la más grande, la que más me impactó, fascinó, e interesó por encima de todos: Catalina.




Es curiosísimo cómo fue que este escritor de Kentucky se interesó por los Romanov. Su hijo padece la enfermedad llamada hemofilia, la misma que padecía el hijo del ultimo zar de Rusia, el príncipe Alexei. De allí nació su interés por la casa Romanov. Y le pasó lo mismo que nos pasa a los que nos unimos a la fiesta: llegamos por accidente, pero una vez que entramos en sus cortes y palacios, ya no tenemos ganas de salir. Así que Massie se aventó a la fiesta y escribió varias biografías: Nicolás y Alexandra, Pedro El Grande (ganadora del Pulitzer), Catalina La Grande y Los Romanov: capítulo final. Maestro de ceremonias perfecto para llevarte de la mano por siglos de historia rusa.

Pero vamos a lo que nos ocupa, y no es por menospreciar a Pedro El Grande, visionario, duro y con unas ganas enormes de poner a Rusia en lo más alto. La ciudad de San Petersburgo es uno de sus legados más importantes y una muestra viviente de las ganas que tenía el zar de establecer puentes entre Rusia y occidente. 

Avancemos un poquito en el tiempo, hasta el momento en que una joven princesa alemana, llamada Sofía, llega a Rusia y se promete al futuro Pedro III, nieto de Pedro El Grande.  Tras su boda con Pedro —Romanov de pura cepa—; la muerte de Isabel I de Rusia; y una increíble y vertiginosa serie de acontecimientos en los que la joven Sofía, bautizada en la iglesia ortodoxa bajo el nombre de Catalina, demuestra que está mucho más capacitada, y entiende mejor a su pueblo de acogida que su marido; logra hacerse con el trono de Rusia como monarca absoluta, reinando durante 34 años. Culta— amante de las letras y las artes—, inteligente, perseverante, apasionada… Catalina llegaría a ser la mujer más poderosa de su tiempo. 

La obra de Massie nos traslada a los momentos cruciales de la vida de la monarca: sus primeros años en la corte, el casamiento, el golpe de estado que la llevaría al poder, sus desiciones, aciertos y derrotas. La vida privada de Catalina: sus amores, pasiones y amistades... La biografía de Massie no deja huecos, y lo hace con un estilo que atrapa desde el primer momento. Con él, tienes mega fiesta Romanov asegurada... hasta que no puedas más.


Si decidiste leer las biografías de Massie al completo, pero quieres más y te apetece una novela que narre el fin de la dinastía de los zares Romanov, bueno, el fin de los zares, en general; Carmen Posadas nos ofrece una historia que cumple los requisitos: El testigo invisible. 

La historia rusa nunca ha sido una historia fácil, pero aquellos años en los que Nicolas II llegó al poder, la cosa ardía. 

El pueblo, cansado y furioso de siglos de servidumbre y pobreza, decidió pasar a la acción. No es que ese tipo de conflictos no fueran comunes en Rusia. Pedro, Catalina y los demás, ya se enfrentaban a ellos —pregúntale a Catalina por sus dolores de cabeza cuando escuchaba el nombre de Yemelián Pugachov—, pero la fuerza de esos grupos era débil y el poder de la nobleza, tremendo. Ningún monarca querría irritar a los que lo han sentado en el trono, claro está. 

Pero los tiempos cambian y la monarquía rusa parece hacer oídos sordos al cambio y a los aires de revolución que se respiran por todo el mundo. Nicolás era medio desastrillo, la verdad. A veces daba la sensación de vivir en su burbuja. Por ello y, tras una serie de errores que costaron crispación  y muchas vidas — el Domingo Sangriento, por ejemplo—, las cosas se complicaron enormemente para él y su familia. 

El testigo invisible, es la historia de Leonid Sednev, personaje que trabaja como  deshollinador imperial (el cargo suena rimbombante, pero el trabajo es una…). El joven vive de cerca y es compañero, aparentemente desde las sombras,  de los últimos días de los Romanov. Cabe destacar que Sednev existió, aunque, por lo que se sabe, su vida fue algo distinta de la ficción.

La novela de Posadas es adictiva, engancha y emociona. Desde su particular mirada, y haciendo memoria en el tiempo, un Leonid mayor recuerda lo vivido aquellos días. 

Posadas no es la primera escritora que se inspira en el joven. Robert D. Zimmerman (aunque firma su saga Romanov como Robert Alexander), publicó una novela en 2004, titulada The kitchen boy. Exitazo de ventas. 

Por desgracia, la novela no está traducida al castellano, pero si lees con fluidez la lengua de Shakespeare, podrás disfrutarla de cabo a rabo. 

En The kitchen boy, el joven cocinero Sednev, también es testigo del ocaso de los zares. 


EMPIRE OF TZARS: ROMANOV RUSSIA WHITH LUCY WORSLEY, BBC



Si aún tienes dudas para unirte a la fiesta, te dejo una recomendación a modo de introducción. En Netflix encontrarás esta serie de tres capítulos dedicada a la dinastía. Es una gozada de principio a fin. De la mano de Lucy Worsley, hacemos un viaje a Rusia, visitando los sitios donde vivían y gobernaban los zares. Conocerás aspectos importantes de su legado y tendrás ganas de salir corriendo a la librería, o biblioteca de tu preferencia, y seguir de marcha por este universo de monarcas, reinados, conflictos y traiciones.

Bibliografía sobre la dinastía Romanov, hay para una vida. Te aseguro que encontrarás libros que despertarán tu interés y te harán sentir que viajas en trineo por las noches blancas, que libras batallas al lado de un ejercito de cosacos, que conspiras y gobiernas con mano de hierro. La fiesta Romanov no tiene fin.

Te invito a compartir con nosotros algún libro, película o serie basada en el mundo de los Romanov. Tus recomendaciones y sugerencias, siempre son bienvenidas en Letraterrestres.


La fiesta sigue, querido lector: ¿te apuntas?

*Ilustración: <ahref="http://www.freepik.es/vectorgratis/kremlincatedral_819317.htm">Diseñado por Freepik</a>

SÍNDROME DE CUENCA

Acabo de llegar a casa. Dos días agotadores y mágicos, de viajes en el tiempo, con la ciudad de Cuenca como telón de fondo. Cada vez que visito un lugar así, tan lleno, tan vibrante, algo dentro de mí se transforma, no sé, me hace sentir que esta piel que cubre mis órganos, mis huesos, es sólo un trozo de cuero que un día se hará tan seco, tan fino, que va a resquebrajarse y desaparecer. Y no me asusta. No. 

 Cada vez que la monumentalidad de LA HISTORIA (con mayúsculas) me abraza, dejo de tener miedo de desaparecer. Lo verdadero está allí, en piedras, contando historias realmente importantes para saber los pasos que hemos dado y reflexionar un poco sobre a dónde iremos a parar. Allí están las vigas de madera de trescientos, cuatrocientos años de antigüedad, que siguen sosteniendo al tiempo. Y allí he estado yo, para ver con estos ojos que también van a desaparecer en el olvido más absoluto, para vivir, por un instante, lo que fue de nosotros. 

(Vista de Cuenca)

La Ciudad de Cuenca es enorme, enorme en las cosas que tiene para contarnos. Anoche hicimos una ruta nocturna guiada por la Cuenca medieval. Almudena, la guía, compartió su pasión y su sabiduría con todos los que necesitábamos bebernos el suelo que pisábamos. Los presentes en la ruta guiada ya habíamos escuchado previamente los susurros de las calles estrechas, de las cuestas, de los edificios, monumentos…, pero eran susurros ininteligibles, susurros en un lenguaje antiguo. Para cuando acabó la noche (y la ruta), Almudena ya nos lo había traducido todo. 

Pero, vamos por partes. ¿Por qué Cuenca? La Huelemoles y su pariente, trabajan mucho y tienen un horario de trabajo horroroso. No podíamos irnos a un destino muy lejos de casa para nuestras mini vacaciones de verano. Cuenca queda a sólo una hora en tren de alta velocidad. ¡Viva el tren! 

Yo sabía que Cuenca era una ciudad bonita, antigua, Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, con un museo de dinosaurios y las famosas Casas Colgadas: todo mundo dice «Casas Colgadas» cuando le hablo de Cuenca, pero nadie, absolutamente nadie me dijo que me preparara psicológicamente para el aluvión de grandeza e historia que forman la parte central de su encanto. Cuenca puede llegar a provocar síndrome de Stendhal.

(Vista de la ciudad desde el Museo Paleontológico)

El paraje natural donde se asienta la ciudad es impresionante. Toda ella es un mirador donde la naturaleza está presente: los ríos Júcar y Huécar, y las impresionantes hoces que han hecho que los arquitectos del pasado se las ingeniaran para crear obras con carácter y personalidad en aquel mundo de roca. Es un disfrute pasar un rato en cualquiera de los miradores (que son un montón) y admirar las vistas de la ciudad.

Caminar por Cuenca, mientras descubríamos fragmentos de su historia, es indescriptible. Una de las etapas que a mí más me ha atrapado de su historia, es la de su fundación como ciudad cristiana. Perteneció a los árabes, como media España, hasta que en 1177 (ya no se me olvidará nunca ese año), el rey Alfonso VIII de Castilla, y toda artillería pesada de la cristiandad: los reyes de León y Aragón, sus grandes señores y las órdenes militares de Santiago, el Temple y Calatrava; sitiaron la ciudad, poniendo fin al reinado musulmán. Del periodo árabe sólo se conservan ruinas del castillo y de sus muros, porque durante la Guerra de la Independencia Española, los franceses, al mando de un chaparrito muy conocido, llamado Napoleón, se dieron vuelo destruyendo y saqueando todo a su paso. A partir de la conquista de Alfonso VIII, Cuenca se convierte en una ciudad multicultural y se abre paso hacia un esplendor que la lleva al crecimiento demográfico, político y económico. Alfonso el sabio le otorga la categoría de «ciudad» casi un siglo más tarde. Y de allí para adelante. Cuenca pasa por subidas y bajadas. Episodios de la historia, muy interesantes, nacen, florecen y mueren en sus calles y edificios. De cualquier etapa de la historia de España, Cuenca siempre tiene algo que contar.

(Catedral)

La noche de la ruta guiada por Cuenca, la vivimos como si fuésemos viajeros en una máquina del tiempo, saltando de un periodo a otro. Nuestras cabezas lograban, no sólo retener conocimiento, sino ser capaces de imaginar el pasado con sus colores, con sus personajes, leyendas y misterios. 

Más que anécdotas, dos descubrimientos que, personalmente, me cautivaron de una forma muy especial fueron: la leyenda de que Velázquez trabajó en el boceto de Las Meninas en Cuenca, concretamente en casa de su yerno, el también pintor Juan Bautista Martínez del Mazo. Esa casa familiar puede visitarse hoy en día, sólo hay que preguntar por la Posada de San José. 

En segundo lugar: el hotel donde nosotros nos hospedamos. Un hermoso edificio del que sabíamos, había sido un convento hace tiempo. Mientras hacíamos la ruta guiada, nos detuvimos justo allí, y Almudena nos explicó que hace mucho, mucho tiempo, incluso antes de que aquello fuera un convento, aquel lugar había sido una sede de los Caballeros Templarios, sí, esos personajes que tanto han fascinado a los historiadores y a los creadores de obras literarias. De aquellos días quedan unas columnas octagonales y un detalle en piedra de la imagen de San Jorge y el dragón. Es probable que tras la caída de la orden, la sede pasara a manos de los Hermanos Hospitalarios. ¡Pura historia!

Y bueno, me acabo de enterar de otra anécdota del hotel donde me hospedé. En el ascensor, mi marido observó que a la planta número dos, no se podía acceder sin una llave. Me lo dijo y nos vinieron teorías locas a la cabeza. La más lógica: una suite de mega lujo. Después, pasamos por la teoría de que quizás allí se guardara celosamente un descubrimiento histórico importantísimo (considerando la antigüedad del edificio); y finalizamos, no recuerdo con qué finalizamos. Leyendo hace unos momentos un artículo sobre los hoteles con encanto de Cuenca, descubrí el porqué de guardar celosamente la segunda planta del hotel: porque el antiguo convento, de alguna manera, no ha dejado de ser convento. Las monjas poseen esa planta y es usada por ellas como parte de sus dependencias. Hotel Convento del Giraldo, se llama, y es una belleza, por dentro y por fuera.

Llegando a casa, la Huelemoles se puso a buscar y buscar un libro que me metiera con más profundidad en todo lo aprendido en la ruta guiada por la etapa medieval de Cuenca. Entre todo el material que encontré, he comenzado con una novela divertidísima sobre las andanzas de Alfonso VIII y su bella esposa: Leonor de Plantagenet (hermana de Ricardo “Corazón de León”); los otros reyes cristianos, los señores que les sirven y sus pugnas entre ellos. Del otro lado: Al-Andalus con su corte almohade dirigiendo el territorio con puño de hierro. La novela se llama El ejército de Dios y está escrita por Sebastian Roa Mesado. En el libro hay un capítulo completo sobre el asedio de Cuenca, aún no llego a ese punto, pero muero de ganas.

Quiero adelantar que Cuenca me regaló mucho material para otras entradas en el blog, así que seguiremos andando sus calles y edificios un poquito más, porque Cuenca inspira. Cuenca me ha tocado y me ha cambiado en dos días, más de lo que soy capaz de cambiarme a mí misma durante un año de lamentarme por los rincones. 


La historia me libera del ensimismamiento ese de que «sólo a mí me pasan esas cosas». Viajar por la historia es siempre una bofetada de realidad que me viene bien para entender que no soy ni significo nada. Y eso está bien. Eso me quita los ojos de la punta de la nariz y me ofrece una libertad que me transforma. En eso consiste, tal vez, El síndrome de Cuenca. 

(Detalle de la exposición "La poética de la libertad". Catedral de Cuenca)


(Fotografías, Iván Jerez)



PROYECTO HERODES (Cuento)


Buscando en el baúl de documentos, me encontré con este cuento que escribí el año pasado, si mal no recuerdo. Lo comparto con todos ustedes. 

Saludos desde la guarida. 




PROYECTO HERODES 





(Fotografía, Iván Jerez)



“… A la historia no se le puede formular la pregunta: ¿qué   habría ocurrido si…? Esa pregunta le está contraindicada. La historia está siempre determinada por leyes. 
Lo que ocurrió, ocurrió: ella razona sólo en esos términos.
No necesito esas leyes.
Quiero saber qué habría pasado, 
si aquello no hubiera ocurrido.
Y lo que pasará…”

 La quinta esquina, Izmail Métter.


Está Bitácora de Misión será entregada a las autoridades competentes al finalizar la serie de misiones que los miembros del proyecto hemos programado. Cada uno de nosotros redactará una, especificando sus tareas y el desarrollo de las mismas durante el proyecto.

Me reclutaron hace ya más de cinco años para formar parte del grupo de trabajo que ha confeccionado, y que está a punto de llevar a cabo, lo que ha sido denominado como Proyecto Herodes (P.H). He pasado todos estos años trabajando codo con codo con ellos, confiando en que las decisiones que hemos tomado cambiarán la historia, salvarán vidas y nos conducirán a un tiempo presente distinto y positivo. 

Se han realizado diversos estudios sobre los impactos históricos, políticos y sociales que derivarán del desarrollo del proyecto, así mismo, se han elaborado teorías científicas sobre las posibles consecuencias físicas de cada misión. No hemos encontrado señales catastróficas que nos impidan seguir adelante. Pero no soy yo quien debe detenerse y exponer cada uno de estos puntos. Para una información más detallada, toda la documentación estará disponible en los distintos departamentos científicos del P. H.

Mis competencias son las siguientes: soy la encargada de hacer los saltos a través de la H. G. W. Estos saltos se dividen en dos: saltos de rastreo y saltos de misión- ejecución. Soy el último eslabón de esta gran cadena de personas que han dedicado los últimos años de su vida a luchar para reconciliar a la humanidad con su historia. Cada uno de los que forman este equipo merece mi admiración y reconocimiento, pues se han embarcado en una operación titánica, dejando de lado sus vidas, a sus seres queridos, todo en nombre de un bien mayor. Tenemos la convicción de que lo que hacemos aquí es la mayor prueba de amor hacia los nuestros: la raza humana y el planeta que nos ha albergado durante tantos y tantos siglos. Mi experiencia y rango militar, así como los cinco años de entrenamiento que llevo al servicio del proyecto, certifican mi capacidad para la empresa. Agradezco enormemente la confianza depositada en mi persona para formar parte de esta reconciliación histórica con la humanidad. 


Los saltos de rastreo para todas las misiones que llevaremos a cabo, se han realizado con anterioridad. Llevo dos años trabajando sobre los terrenos. Los datos obtenidos se han evaluado concienzudamente para establecer las estrategias de acción. A partir del día de hoy comienzan los preparativos para los saltos de misión. Se realizará un salto por semana. El salto durará sólo unos minutos en nuestro tiempo del 2063, independientemente de las horas empleadas sobre el terreno. El resto de los días, entre un salto de misión a otro, servirán para retomar fuerzas, redactar esta bitácora y preparar el siguiente salto. 

Se ha establecido que durante el periodo de saltos de misión permaneceré aislada de todo contacto humano para evitar que la información del exterior me cause algún trastorno físico o emocional derivado de los posibles cambios de rumbo del tiempo presente. Tengo todo lo necesario para sobrevivir al aislamiento en el laboratorio donde nos encontramos, yo y el dispositivo H. G. W. 

Todos los miembros del equipo del Proyecto Herodes estamos dispuestos a asumir las consecuencias de lo conlleve reescribir la historia contemporánea. 

Por razones de seguridad, el equipo del Proyecto Herodes ha decido que mi identidad no debe ser desvelada. 

¡Haremos justicia!


Misión «Sosó»

Tras cinco saltos de rastreo, he logrado localizar al objetivo. Si desea una información más detallada de las misiones de rastreo, consultar la Bitácora de Rastreo. 

El día de hoy, jueves, 26 de abril del 2063, a las 10 horas, 0 minutos, en la base secreta  del Proyecto Herodes, yo, agente primera del equipo del Proyecto Herodes, me preparo para llevar a cabo el primer salto de misión: Misión «Sosó», a través del dispositivo de viaje espacio-temporal, denominado H. G. W. 

¡Haremos justicia!


Gori, Georgia, 1888.

La misión ha sido un éxito. Acabé pronto y decidí celebrar el triunfo e instaurar una tradición a modo de obsequio personal cada vez que concluya una misión satisfactoriamente: visitar un lugar emblemático del sitio al que tenga que saltar. 

Estoy bien, no sé si “contenta” es la palabra adecuada. La justicia no sabe de sentimientos, la justicia está más allá de la emociones humanas. La justicia restaura la armonía y nos hace avanzar con orgullo. El lugar y el tiempo del que vengo, me ha enseñado que para avanzar hay que retroceder, y han creado gente brillante, capaz de lograr que “mirar atrás” no sea sólo privilegio del recuerdo y la memoria. Ahora yo puedo ver, oler y tocar lo que hay detrás de mí. Gracias a ellos, ahora yo puedo ser el brazo que corregirá el daño, el brazo justo. Pero, volvamos a mi regalo, a mi tradición. Estoy a los pies de Uplistsikhe, la antigua ciudad de roca. Quería verla con mis propios ojos antes de regresar. Y soñar, soñar con volver a este lugar otro día, pero no a bordo de la H. G. W., quiero volver en mi año presente, contemplando con orgullo mi contribución a hacer del mundo un gran lugar. Quiero volver en otras circunstancias para contemplar la nueva fisonomía de este sitio. Creo que actualmente, en el 2063, estas ruinas ya no son ni siquiera un recuerdo. Después de hoy, tal vez, cuando vuelva y trabaje duro para dar por finalizado el P. H., estás ruinas seguirán en pie. Todo puede suceder.

Llegué muy temprano a las puertas de la escuela. En los viajes de rastreo determinamos cuáles serán los movimientos precisos para completar la tarea. Uno de ellos era llegar temprano y prepararme para interceptar «al niño» a la salida de clases. Estuve horas esperando, sin  comer ni beber nada, no es recomendable ingerir alimentos en los saltos al pasado, ni recomendable, ni apetitoso. La calidad del agua da miedo. 

Anduve un poco por el sitio sin alejarme de la entrada lateral, que es por la que salen los alumnos; la entrada principal, es la de la iglesia. Durante los saltos de rastreo elegí un día concreto para llevar a cabo la misión. Ese día es hoy. El niño saldrá de la escuela acompañado de un par de críos más. Se despedirán tras cruzar un par de calles juntos. Una vieja pide limosna, justo en la esquina. El niño la mirará con curiosidad. «¡Qué sucia está!» debe pensar, porque, aunque sus ropas son viejas y están gastadas, el niño asiste a clase limpio y bien peinado. El crío sigue su camino, cruza una calle más y llega a un pequeño callejón en el que ataja el camino a casa. No son mas que unos cuantos metros de oscuridad, pero me sirven. Ya estoy allí, esperando. 

Lo tengo frente a mí, un chiquillo pálido, flaco, con un par de libros bajo el brazo. Quizás en ellos se cuentan historias de su héroe: el montañés Koba. Su rostro está lleno de cicatrices de la viruela. «Un sobreviviente», pienso. 

El sol parece iluminar todo Gori, menos ese callejón, allí la luz no penetra demasiado, sólo lo suficiente para reconocerle y para que él vea en mí a una mujer, una de tantas que habitan aquella ciudad en aquel tiempo. Al pasar a mi lado, inclina la cabeza a modo de saludo. 

Tiemblo. 

Es sólo un niño.

Intento dominarme y alcanzarlo antes de que salga del callejón. 

— ¡Iósif! —le digo. Se gira y me mira con curiosidad. Se acerca un poco.

— Acércate más —le animo— Conozco a tu madre… —mi ruso es terrible, pero me esfuerzo y lo consigo. 

Lo tengo. Lo agarro por el cuello, lo atraigo hacia mí. Sus libros caen e intenta deshacerse de mi abrazo, pero ya es tarde. Sé que necesita gritar, sé que no hay nadie cerca que pueda escucharlo y dejo que lo haga, que grite lo que quiera, que reviente sus pulmones y desgarre su garganta a gritos. Necesito escucharlo para saber que ese instante es real, que en algún lugar hay un contador de seres humanos asesinados cuyo número desciende con cada uno de mis actos. Almas que tendrán una vida larga y darán más vida, almas ajenas al horror de su tiempo. 

El chiquillo grita, dice algo que no comprendo. Debo terminar con esto. Tiro de él hasta ponerlo de espaldas a mí, saco el cuchillo de entre mis ropas y le rebano el cuello. Un aleteo de mariposa lo ha cambiado todo. 

Lo alejo de mi cuerpo, mientras su ser pierde esa fuerza vital que nos mantiene de pie. Intento tumbar rápidamente en el suelo su pequeña figura sin vida, no quiero que su sangre manche este vestuario que me hace sentir el personaje de una película mala. El pequeño Iósif, de nueve años, se ha ido. Murió al instante. 

Misión cumplida.

Uso la tela de su pantalón para limpiar mi cuchillo. Sé que aún me queda algo de tiempo, así que intento saciar mi curiosidad. Le quito los zapatos. «¡Qué viejos son sus zapatos!» También los calcetines, remendados hasta la saciedad. ¡Allí está! Una membrana, uniendo dos dedos de su pie izquierdo. Viene a mi mente en esa vieja teoría conspiranoica de los reptilianos. Sonrío ante la ironía de la vida.  
Debo irme ya, pero antes vuelvo a mirar la carita de aquel niño frágil y vulnerable que parece dormir sobre gran charco de sangre. 


He caminado mucho rato para llegar hasta Uplistsikhe. Lo he hecho en medio de un frío que no comprendo. Las primaveras en estos lugares de la tierra son sólo extensiones del invierno y estas ropas no ayudan mucho y pican demasiado, debo tener la piel roja y llena de rozaduras. No sé por qué, pero sigo tocando la empuñadura de mi cuchillo con tanta fuerza que hasta me duele un poco la mano. Lo traigo oculto en el bolsillo y me aferro a él mientras caen lágrimas de mis ojos. He llorado mucho todo el camino a Uplistsikhe. El sol ilumina con su luz blanca, pero ni rastro de sus rayos. 

Me gustaría moverme un poco más, subir e internarme en el interior de esta ciudad esculpida en la roca, tal vez para seguir llorando o para gritar y enloquecer con el eco de mis gritos dentro de las cuevas, pero creo que es hora de volver. Nunca había estado en Georgia, jamás. Dicen que aquí, en Gori, hay un museo dedicado a él: al gran Iósif, a Sosó… Prefiero no pensar. 

El dispositivo H. G. W., me ha traído de vuelta a la base secreta y al año 2063. Necesito asimilar todo. Paso a paso. Tengo  que dejar de ver la cara del niño al que le he cortado el cuello. Pero cierro los ojos y allí está. Tengo que olvidar, poco a poco, porque, este día, el Proyecto Herodes ha comenzado a hacer justicia. 

He matado a Stalin.



Misión «Intento No. 43»

Tras cinco saltos de rastreo, he logrado localizar al objetivo. Si desea una información más detallada de las misiones de rastreo, consultar la Bitácora de Rastreo. 

El día de hoy, jueves, 3 de mayo del 2063, a las 10 horas, 0 minutos, en la base secreta del Proyecto Herodes, yo, agente primera del equipo del P. H., me preparo para llevar a cabo el segundo salto de misión: Misión “Intento No. 43”, a través del dispositivo de viaje espacio-temporal, denominado H. G. W. 


Lambach, Alta Austria, 1897.

Mis manos no dejan de temblar. Miro las montañas que me rodean, que me observan. Blancas, totémicas. En los saltos de rastreo me atraían tanto. Dedicaba valiosos minutos a observar el paisaje, a sentir el viento frío en el rostro, a llenar mis ojos de la belleza del cielo, del verdor de la tierra. Sin embargo, hoy soy incapaz de encontrar belleza en todo esto. Hoy sólo veo un lugar que me domina, que me acusa. 

Me está costando mucho procesar lo que he hecho, pero si observamos la historia de la humanidad, llegar a este punto puede cambiar tantas cosas. Soy consciente de mi triunfo. 

Los libros de historia estarán reescribiéndose ahora mismo. ¿Qué dirán, allá, en el 2063? No lo sabré hasta que la misión concluya. Sin embargo, no soy capaz de sonreír por ello, no soy capaz de reconocer las órdenes que mi cerebro debe  dar a mis músculos faciales para esa acción.

Ahora pienso en mi estúpida tradición, aquella de visitar emblemas de los sitios que piso en cada salto de misión. Esa tradición nació y murió en 1888, en Gori. Venía preparada para hacer este trabajo, y brindar a la sombra del monasterio de Lambach mientras le susurraba a sus piedras que podían meterse sus esvásticas y su religión muy en el fondo, que el niño Adolf no cantaría jamás bajo sus altos techos; estaba lista para mi gran celebración, pero el temblor de mis manos delata mi ánimo. Voy cuesta abajo.

Sabía que el niño Adolf jugaría solo esta mañana, muy cerca del río. Sabía que él y su familia recientemente se han mudado aquí. Sabía que su madre estaba cerca, tan cerca que podría escuchar los gritos de su vástago… Sé tanto. El dispositivo me dice tanto, me indica tantas cosas. Fue fácil. Dice la historia que cuarenta y dos veces intentaron darle muerte. Yo llevé a cabo el intento número cuarenta y tres y se lo ocultaré a esa historia, nadie conocerá mi éxito porque nadie sabrá nunca nada sobre él. 

Llegar a los albores de su vida, tener una oportunidad, nos ha llevado eras; rebanarle el cuello, sólo un instante. El pequeño jugaba con unos trozos de madera. Sentado sobre la hierba, sumido en los confines de la imaginación, susurrando bajito. No cometí el error de dejarme ver, no esta vez. Sé que ni siquiera me intuyó cuando me acerqué, estaba tan absorto, que no tuvo ocasión de defenderse de mi abrazo. Su cuerpo cayó de costado y quedó en una posición muy extraña. Me tomé un momento para tumbarlo boca arriba, para otorgarle un poco de dignidad, mirarlo y cerrar sus ojos. No sé por qué lo hice, no lo sé.

En estos momentos Klara estará llorando sobre el cuerpo de su hijo. En estos momentos, Klara es ya una hoja de otoño, anónima en el viento. En estos momentos la tierra debe girar descontrolada, y el contador imaginario de las almas que han sufrido por su causa, retrocede a velocidad de vértigo.  

Me largo. Voy hacia el dispositivo H. G. W., y de regreso a la base. Dos rostros infantiles me observan a través de estas malditas montañas. 

Haciendo justicia…



Misión «APU»
Tras cinco saltos de rastreo, he logrado localizar al objetivo. Si desea una información más detallada de las misiones de rastreo, consultar la Bitácora de Rastreo. 

El día de hoy, lunes, 7 de mayo del 2063, a las 10 horas, 0 minutos (he decidido adelantar los saltos de misión unos días porque necesito terminar esto cuanto antes), en la base secreta del Proyecto Herodes, yo, agente primera del equipo del P. H., me preparo para llevar a cabo el tercer salto de misión: Misión “APU”, a través del dispositivo de viaje espacio-temporal, denominado H. G. W. 


Valparaíso, Chile, 1920.

No sé bien en qué calle me encuentro, me he desorientado un poco. Sé que tengo que lavarme las manos y regresar rápidamente al dispositivo H.G.W, pero no logro ubicarme. 

Salí como alma en pena de la Plaza de Merced —hoy en día ya no existe, es sólo una plancha de concreto, solitaria, arrasada por los enormes disturbios que asolaron toda América Latina desde el 2038 y que aún proyectan su larga sombra en sitios aislados, tan aislados como Valparaíso. Se le llamaba Plaza O’Higgins cuando iniciaron los disturbios, hace ya tanto tiempo; creo que sólo los muy ancianos recuerdan ese nombre, y esa plaza—. Salí de allí por puro instinto, porque no recuerdo que ningún miembro de mi cuerpo respondiera tras cortarle el cuello al niño. 

Sí, lo he hecho y lo he hecho bien. Imposible fallar cuando se ha programado cada movimiento con antelación; cuando posees todas las perspectivas posibles hacia un mismo punto y objetivo; cuando ese objetivo no es mas que un niño de cuatro años, confiado, que sonríe mientras se acerca a la sombra que, escondida detrás de los árboles, le llama. Su madre conversa animadamente con otras mujeres, madres también. Tarda unos minutos en darse cuenta de que su hijo ha desaparecido, y cuando lo hace, es tarde ya, tarde para ella, para los suyos. Su hijo no alcanzará la madurez, no recibirá honores, no hará llorar a otras madres como, seguro, ahora mismo debe estar llorando la suya. Su hijo no morirá viejo e intocable. Su hijo, ahora, ha muerto demasiado joven. Yace en la hierba, con el cuello partido en dos. Yo he matado al niño. El contador del dolor humano retrocede. El dolor que antes todos compartíamos, ahora es sólo mío. Necesito terminar con esto. Ir a por los otros, rápido, sin pausas que me atormenten por las noches. Una cara más se une al espectáculo nocturno de sobras que me invaden mientras intento dormir. 

He decidido que avanzaré por este camino llamado “saltos de misión” a pasos de gigante, para que todo esto acabe pronto, para poder abrir la puerta de la base y ver qué es lo que le ha pasado al mundo, para volver a dormir sin sentir, en mis manos temblorosas, el tacto de un cuchillo que rebana carne, carne joven.



Misión «Cerillita»

El día de hoy, miércoles, 9 de mayo del 2063, a las 10 horas, 0 minutos…


Ferrol, A Coruña, 1893.

No había cumplido el año. Desde el principio supe que sería un salto de misión difícil y complicado. La madre no se despega del crío prácticamente nunca. Los espacios donde se mueven están llenos de militares: amigos y familiares, desfilando por doquier. Me moví rápido y terminé con su vida y también con la de Pilar, su madre. No tuve opción. Desde que se llevaron a cabo los saltos de rastreo sabíamos que no tendríamos otra opción.  «Daños colaterales», le llaman.

Estoy a punto de regresar a la base. 

Desde que volví de 1893 le he dado vueltas a las cosas. Supongo que mi trabajo en el proyecto Herodes ha provocado cambios enormes fuera de esta base. No lo sé. Se barajaron muchas posibilidades, sin embargo, todo está como lo he dejado. Cada vez que vuelvo de un salto, no noto nada distinto, ningún cambio en estas cuatro paredes perfectamente aisladas e higienizadas (gracias a un sistema electrónico que permite mantener este lugar en condiciones óptimas para el resguardo y funcionamiento del dispositivo H.G.W.). No poseo ningún indicador que me muestre lo contrario.

El único cambio está dentro de mi cabeza. A veces estoy tentada a activar la alarma para que alguien interrumpa el proyecto y venga  a mí y me convenza nuevamente de que rebanar cuellos de infantes ha servido para darle un giro y una oportunidad a este mundo incapaz de soportar la megalomanía de un chico malo más. Pero debo continuar. Aunque duela.



Misión «Duce».

Hoy es 11 de mayo en el 2063…

Está hecho. He estado en algún lugar de Italia. No puedo más. Se ha defendido, incluso ha suplicado por su vida como si tuviera consciencia del significado de la muerte. Y le he escuchado. Lo he hecho porque se lo debo. Estábamos solos, había tiempo para escucharle, pero me arrepiento, me arrepiento tanto. 

Este cuchillo, reposando sobre mi mesa blanca de trabajo, ha dejado de ser un arma, extensión de mi brazo, dotado de mi fuerza y habilidad. Este cuchillo ha adquirido vida propia. Ahora yace aquí, cubierto de sangre, igual que sus tiernas víctimas. Está exhausto, pero aclararé su anatomía con agua pura y recuperará fuerzas y me pedirá un sacrificio, sólo uno más para liberar al mundo, porque de eso está hecho este mundo, y la historia: de libertadores cargados de artilugios letales dotados de vida propia. 

Otra cara infantil más que recordar por las noches mientras intento conciliar el sueño. 

Mi cuchillo y yo matamos niños para que no se conviertan en hombres que maten a otros niños. Esta ecuación: ¿en que lugar de la cadena nos deja?, ¿qué somos mi cuchillo y yo?

Benito Mussolini está muerto… otra vez.



Misión «Big Daddy» CANCELADA

13 de mayo del 2063…

Hoy no puedo. Estoy enferma. No tengo fuerzas para seguir con esto. Mi cuchillo está esperando. Desde aquí puedo ver su filo ansioso… pero yo no puedo.



Misión «Big Daddy» COMPLETADA

17 de mayo del 2063.

Llegué a la Uganda de 1930. Como podrán leer en lo saltos de rastreo, esta operación fue muy complicada en su planeación porque la historia no aportaba suficientes datos sobre del lugar de nacimiento y los primeros años de vida de Amin Dada. Tuve que centrarme en rastrear dos ciudades en muy poco tiempo: Kokobo y Kampala. Al final, conseguí dar con el objetivo en una de ellas  y diseñar  un plan para el salto de misión. 

Mi cuchillo rebano el cuello del niño, muy temprano, a la luz de los primeros rayos de sol.

Tras dejar constancia del éxito de la misión “Big Daddy” y realizar las maniobras de inspección del dispositivo H.G.W., he decidido llevar a cabo todos los saltos de misión a la máxima brevedad posible, espero puedan entender mi decisión de apresurar las cosas. 

No puedo esperar más, no puedo ceñirme a un calendario. No es desobediencia, simplemente necesito hacer todo esto de un tirón y salir de la base cuanto antes. No puedo controlar la sed de mi cuchillo. Pide más. Me despierta por las noches, lo hace a través de las caras de los niños. «Terminemos con esto» me dice. He pensado que tiene razón, que no puedo prolongar más estos momentos necesarios para reescribir la historia. Mientras estoy aquí, sentada, con los documentos del Proyecto Herodes entre mis manos temblorosas, en algún lugar del tiempo y la geografía, mucha gente sufre porque yo no he llegado hasta ellos. El contador de almas atrapadas en el dolor, avanzará hacia su número infinito si yo no hago nada. No puedo vivir con ello y tampoco puedo vivir con la necesidad de sangre de mi cuchillo. Tengo la responsabilidad de seguir adelante y debo hacerlo pronto y rápido, muy rápido. 

La lista de niños que no han sido visitados, se expande ante mis ojos. No recuerdo que fueran tantos. ¿Será que el cambio en la historia, que mi cuchillo y yo hemos llevado a cabo, ha dotado a esta lista, aquí en el 2063, de nuevos nombres, de nuevos niños?  ¿Será que el universo reemplaza a unos depredadores por otros? No lo sé, pero la lista no para y yo no recuerdo haber realizado tantos saltos de rastreo a tantos y tantos sitios. Sin embargo, sé que cuando llegue a esos lugares y a esos años, recordaré que estuve allí y sabré qué hacer, aunque las lágrimas me cieguen y las manos no me paren de temblar. Sabré que estoy allí para verter las calles y los prados, la tierra y el asfalto, con la sangre que mana de esos cuellos tan jóvenes. Sabré que mi misión es purificar al mundo para que rectifique el rumbo, para que retome su eje.

No tiene sentido someter al escrutinio de personas que no sabrán nada sobre la fisonomía de la historia anterior a los saltos de misión de la H.G.W, los resultados del proyecto. Para ellos, los nombres de estos niños asesinados no significarán nada, por lo tanto, considero carente de sentido detallar los lugares que visito, los tiempos en los que me muevo, los nombres de las carnes que mi cuchillo corta. No tiene sentido. Estoy aquí para borrar todos esos errores, ¿no?, entonces: ¿para que hacer una cronología de lo que ya nunca más será? ¿Para que perpetuar en las mentes los nombres de seres que ya no arrojarán su miseria sobre nosotros?

Hay una pregunta que ronda en mi cabeza desde hace algunos días y cada vez con mayor intensidad: ¿tendrán consciencia alguna, todos los que forman parte del Proyecto Herodes, de lo que pasa conmigo dentro de la base? Sé que hay otro grupo en aislamiento total: serán los que carguen con el peso de la historia que ya no es tal, serán los que, probablemente, palmeen mi espalda y lean con entusiasmo está bitácora incompleta y escucharán y entenderán cada una de mis palabras con total claridad. Después, estarán los miembros del equipo en aislamiento parcial: serán los locos, los conejillos de indias que entenderán a medias todo lo que aquí se hace y por qué se está llevando a cabo. Ellos sufrirán el choque de dos realidades que se superponen. Esta bitácora será para ellos como la historia de un Marco Polo que moldea lo real con materiales del mundo de los sueños. Y al final de la cadena, estarán el resto, los que habitan el planeta en este tiempo; nada de esto tendrá sentido para ellos. 

Saltemos, sin pausa, sin mirar atrás, sin descanso, con la esperanza de un final y una salida.


Misión «Shaoshan» COMPLETADA


Misión «Saloth» COMPLETADA


Misión «Yuri» COMPLETADA

Murió ahogado, junto a su hermano pequeño. Mi cuchillo tiene sed…


Misión «Ogro» COMPLETADA

Misión, misión, misión, misión…


La lista es interminable. Mi cuchillo ha estado de fiesta en muchos lugares y fechas. Me preguntarán si he visto cambios. Los he visto. Algunos saltos de misión han resultado verdaderas sorpresas porque distaban mucho de lo observado en los saltos de rastreo. He cambiado al mundo, he metido mi mano y mi cuchillo en muchos escenarios a través del tiempo y todo ello ya da frutos. Hay niños en la lista que jamás existieron, he ido a por ellos y no los he encontrado porque se han perdido en el constante movimiento al que he sometido a la historia. Esos niños no existirán para ser un adulto sanguinario. El contador de las almas ya no se alimentará de sus crímenes. Otros niños estaban allí, esperando, tal y como sabíamos que sucedería. Pero la inmensa mayoría, aunque seguían en el sitio, sus circunstancias ya habían cambiado. Tuve que improvisar mucho para completar las misiones con éxito.

El mundo es otro, la historia es otra, pero nada es mejor. Nuevas ramas crecen del árbol torcido en que he hemos convertido todo. Una tumba se queda sin cadáver, pero inmediatamente otro cuerpo sin vida ocupa su lugar. Una mano nueva sujeta el revolver, pero el arma apunta, dispara y asesina de la misma forma. Un niño degollado es sustituido por un adulto terrible. Podría seguir saltando hasta que el dispositivo H.G.W estallé en mil pedazos, o simplemente decida perderse en algún punto del viaje; podría sobrealimentar el filo de mi cuchillo, pero siempre, siempre habrá alguien cuya macabra obra nos sobrecoja; siempre habrá un trozo de carne con ojos, listo para someternos y dominarnos; para torturarnos y silenciarnos.

Y yo, ya no puedo más.


Misión «Epílogo»

No he llevado a cabo ningún salto de rastreo para la siguiente misión porque ya poseo toda la información que necesito. 

El día de hoy, martes, 1 de enero del 2064, a las 10 horas, 0 minutos, en la base secreta  del Proyecto Herodes, yo, agente primera del equipo del P. H., me preparo para llevar a cabo el último salto de misión: Misión «Epílogo», a través del dispositivo de viaje espacio-temporal, denominado H. G. W. 

En algún lugar del tiempo…

“… Mas muerto Herodes, he aquí el ángel del Señor aparece en sueños á José en Egipto, Diciendo: Levántate, y toma al niño y á su madre, y vete á tierra de Israel; que muertos son los que procuraban la muerte del niño…” 
(Mateo 2, 19-20).


Conozco el camino. Sé donde girar, qué portal cruzar, las órdenes que debo dar al ascensor para que me lleve a la puerta deseada. Sé que sus padres duermen hasta tarde. Hace calor. Los inviernos nevados han quedado muy atrás en la memoria. Sólo los viejos hablan de ello.

Sé que ella se levanta temprano, porque le gusta ver la programación infantil de la pantalla del salón, mientras se alimenta de las sobras de la fiesta de fin de año que hay encima de la mesa. 

La observo un buen rato desde mi escondite. No la recordaba así. No la recordaba tan pequeña, no recordaba que tuviera la cara tan redonda, ni el pelo tan marrón. Tiene sólo cinco años.

Lo que sí recordaba, perfectamente, era esa mañana. La oscuridad de la casa (porque todas las persianas de la ciudad deben estar echadas a esas horas en las que los rayos del sol son altamente peligrosos); los padres, tan cansados, que no despertarían hasta bien entrada la tarde. Ella insistiría en que la llevaran a dar un paseo por el mercado subterráneo y después tomarían una merienda en un restaurante “vintage”, donde servían sucedáneos de lo que se comía cuando el mundo despertó al año 2000. Sus padres pelearían, como perros y gatos, y ella se sentiría culpable durante años por el desenlace de aquella discusión. 

«Debimos habernos quedado en casa»

Le ahorraré ese mal rato, le ahorraré todo lo demás.

Me he acercado a ella. La luz de la pantalla ilumina tenuemente su rostro. Me ha mirado, me ha sonreído, creo que esperaba mi llegada, creo que sabe que ella soy yo.

Le he cortado el cuello, como a todos esos niños. 

Mientras acuno su cuerpo y nos desvanecemos, juntas, pienso que esto es lo correcto, es la esencia del proyecto: eliminar a todos aquellos que mancharon la tierra de dolor y muerte. Y yo lo he hecho. He recorrido muchos años y muchos sitios para arrancar vidas, con un propósito. ¿Acaso todos ellos no creían tener también un propósito?

Ya he perdido la cuenta de los niños que he matado. Son tantas las caritas que me persiguen y que cada noche me recuerdan que me he convertido en su versión adulta. Si les hubiera dejado crecer y sembrar cadáveres en su trozo de historia, serían como yo. Pero aún no eran así. Cuando yo llegué a apagar los latidos de sus corazones, aún no se manchaban las manos. 

Nos vamos, pequeña. No sé qué mundo dejaremos, y no me importa. Porque de algo puedes estar segura: ya vendrán otros, ya vendrán.





























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